Crecí en un hogar de mujeres. 7 en total. 6 hermanas y mi madre. Para mí era común, aceptable digamos, escuchar – y luego decir – que en mi casa sólo había “artículos para caballeros”. Una de esas frases con las que la cultura popular normaliza y hace invisible ese lugar subordinado que por siglos hemos tenido las mujeres en la sociedad. Por esos días de mi infancia y adolescencia, no me pasó por la mente analizar de qué se trataba, y hasta llegué a repetirla en tono chistoso para hacer referencia a la condición femenina de mi hogar.

Con el paso del tiempo, esa frase pasó al olvido tanto en el hablar cotidiano como en mi mente. Hasta que me topé con un escrito de Milagros Socorro en el libro “Cien Mujeres contra la Violencia de Género”. En él, Socorro cuenta cómo su padre, con quien tenía una relación muy cercana y la llevaba a su finca siendo ella una niña, utilizó la infame frase delante de ella para referirse a una primita recién nacida. “Desvié la mirada para ocultar mi humillación”, confiesa. Artículo para caballeros nos reduce a meros objetos. Nos convierte en una cosa desprovista de inteligencia y sentimientos, algo cuya existencia está justificada solo para el placer o satisfacción del hombre.

Desde luego que el padre de Socorro muy probablemente no pensaba eso de su hija pero, como muy bien ella explica, decir cosas como esa no era mal visto socialmente. Todo lo contrario. Y ahí es donde radica una de las grandes contribuciones y el valor de este magnífico y luminoso libro: sí bien sirve de reflejo a las situaciones más evidentes de violencia contra las mujeres, nos convoca también a pensar en situaciones donde la violencia es invisible. Eso que el desaparecido filósofo francés Pierre Bourdieu llamó la violencia simbólica. Ese estado de cosas que damos por sentado, que miramos de manera acrítica y que valida la posición subordinada de grupos sociales, en especial de las mujeres. Bajo el velo de normalidad, hacemos y decimos cosas que agreden a las mujeres individual y colectivamente, y contribuyen a formar una imagen desvalorizada de lo femenino. Como nos dice la gran profesora Evangelina García Prince: la naturalización de la violencia invisibiliza el carácter agresivo de la misma. Por ello, agrega, muchas mujeres admiten la violencia en su contra como parte o componente inevitable, natural, de la relación entre los géneros. Con lo cual es de gran importancia pasar estas condiciones a la conciencia, lo que comúnmente se ha llamado “conciencia de género.”

Sin duda alguna, el libro “Cien Mujeres contra la Violencia de Género” es una contribución en ese sentido. En él, 100 escritoras hablan de distintas situaciones de violencia, poniendo al descubierto patrones sistemáticos de agresión. Hoja tras hoja, encontramos elementos comunes de violencia contra la mujer: la humillación, los insultos, los maltratos físicos, los asaltos sexuales, situaciones de dependencia y subordinación. Susana Quintero describe de modo vívido en “El Tipo me Grita” el sentimiento de degradación oculto tras un grito

“El tipo me grita. El tipo me mira a los ojos y me grita. Parece buscar una respuesta en el fondo de mis ojos y sigue gritando. Yo no sé qué responder.”

Y añade

“El mundo completo es ese grito. No hay espacio. No hay aire. Cuando pienso en el tipo que me grita quiero quedarme sola para siempre.”

En “Raza de Perra”, Daniela Jaimes-Borges alude a una característica común de los agresores como es presentarse como salvadores de sus víctimas

“Él decía que yo era como un perro de raza, pero abandonado por la vida, sucio, lleno de pulgas y con el pelaje adolorido. Que me hacía falta el cuidado, el baño, el amor. Y me lo prometió todo. Lo cumplió al pie de la letra. Me puso en cintura con su cinturón, me ajustó los dientes en cada desacuerdo, me compró cremas desinflamatorias de tubos gruesos, mientras me llenaba de psiquiatras.”

En “El Bulto”, Margarita Arribas nos muestra el doble rasero con el cual la sociedad trata al embarazo adolescente, donde se condena y excluye a una joven por salir embarazada, pero se muestra indiferente ante el muchacho con quien ha tenido relaciones sexuales

“A M. la terminaron botando del colegio. En el patio, durante los recreos, se hacía silencio a su paso.”

Continúa Arribas

“Le hicieron presentar sola sus exámenes finales antes de impedirle inscribirse en el último año de bachillerato. Todos sabíamos que R. era el novio de M. Nadie le preguntó por ella en octubre, cuando comenzó el año escolar y él sacó de su bulto los cuadernos nuevos.”

Entre los textos encontramos la valiente confesión de un episodio de violencia sexual, así como una indispensable referencia al emblemático caso de Linda Loaiza y la aún incomprensible decisión de la jueza Rosa Cádiz de absolver a su agresor. Contiene, además, otra referencia a una mujer ícono de los esfuerzos por erradicar la violencia de género en Brasil y en toda América Latina: María da Penha, cuya pareja intentó asesinarla dos veces, dejándola parapléjica. Debido a su activismo y dedicación, la ley de violencia contra la mujer brasileña lleva su nombre.

Haciendo uso de un hermoso lenguaje, mayormente literario, este libro habla de historias comunes, pero casi nunca comentadas, de las mujeres. Es una interesante lectura que invita a reflexionar sobre el fenómeno de la violencia contra la mujer, el cual continúa persistiendo en nuestra sociedad. Pero es, sobre todo, una puerta hacia el mundo visto desde la perspectiva de quienes han sido objeto de violencia, que vierte luz sobre situaciones de las que probablemente hayamos escuchado algo, pero de las que a menudo no se habla en público.

 

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