Tener un apellido difícil de pronunciar a la larga se va convirtiendo en una lucha casi épica por ratificar la identidad propia. Deletrear mi apellido siempre ha sido un ejercicio de paciencia, y sí es vía telefónica, puede llegar a convertirse en absoluta frustración. Luego de casarme, encontré una ventana de oportunidad para facilitarme las cosas: tomar el apellido de mi pareja. Tampoco fue fácil porque me casé con un hombre de apellido Zea, el cual, por alguna razón, a veces resulta más confuso de entender para la gente que el mío propio (¿SEDA? ¿SESA? ¿Con C? ¿Con S?). Sin embargo, debo confesar que detrás de mi decisión de usar el apellido de mi esposo había otra razón oculta que, no sin vergüenza, contaré.

Comencé a escribir artículos ocasionales sobre temas relacionados con la igualdad de género y derechos de las mujeres. Pero, por algún motivo, sentía que debía yo demostrar que no era una feminista radical, o lesbiana, o lo que muchos definen de manera profundamente peyorativa como “feminazi”, es decir, una mujer resentida que odia a los hombres y busca una supuesta superioridad sobre ellos. Firmar con el “de” calmó momentáneamente mis dudas. Así, me oculté con mis prejuicios tras una de las convenciones sociales que, hoy en día entiendo, es sintomática de cuán arraigada está la cultura patriarcal en nuestras sociedades iberoamericanas. De manera pues que mataba dos pájaros de un solo tiro. No sólo simplificaba el detalle de mi complicado apellido, sino que aprovechaba para tratar de cubrir lo otro, ese temor ficticio de ser “malentendida.” Pasé de ser yo, a ser “yo de” o, en otras palabras, abandoné mi identidad individual, para pasar a una identidad en la que, socialmente, le pertenecía a alguien. Simbólicamente le decía entonces al mundo que yo no era “solterona” ni “resentida”, que “sí me gustaban los hombres”, y que no era de “esas radicales”. Pero, en realidad, estaba jugando el juego de la intolerancia y los prejuicios. Sin darme cuenta, cometía un garrafal error de incongruencia al usar una convención social símbolo de una cultura patriarcal con la que estaba en desacuerdo, para evitar ser etiquetada con los estereotipos usualmente empleados para descalificar a quienes abogan por la igualdad. Muy mal.

Los prejuicios y los estereotipos, que son eficientes herramientas en la perpetuación de la exclusión, muy a menudo pasan desapercibidos. Están tan normalizados e imbuidos en nuestra cotidianidad que son difíciles de ver y hasta de entender. Así, los estereotipos asociados a las feministas y activistas de los derechos de las mujeres son moneda de uso corriente en numerosas sociedades, incluyendo la nuestra. Los 10 estereotipos feministas más importantes, según una búsqueda rápida en Google, son: 1. Las feministas odian a las familias; 2. Las feministas odian a los hombres; 3. Las feministas son lesbianas; 4. Las feministas son feas; 5. Las feministas odian a las amas de casa; 6. Todas las feministas son mujeres; 7. Todas las feministas creen exactamente en lo mismo; 8. Las feministas siempre están disgustadas; 9. Las feministas son unas habladoras de estupideces que nunca se callan y no terminan de traerte una cerveza; y 10. Las feministas quieren disolver el patriarcado para establecer el matriarcado.

De más está decir que éstos estereotipos son solamente eso, estereotipos, paquetes llenos de prejuicios que no guardan relación con la realidad. Las feministas no odiamos a la familia ni a los hombres ni somos todas lesbianas. De hecho, hay lesbianas que no son feministas, como hay feministas que no son lesbianas. La belleza es algo subjetivo, de manera que decir que las feministas somos feas en el fondo lo que quiere decir es que las feministas (no todas, obviamente) no encajamos en los cánones de atractivo físico predominantes. Las feministas no odiamos a las amas de casa, y no todas las feministas son mujeres. Hay hombres que se han declarado feministas y abogan por la igualdad. Y no, las feministas no siempre estamos disgustadas. Ocurre que cuando la mujer se sale del estereotipo de sutilidad y obediencia que se espera de ella, y muestra vehemencia al presentar un argumento, enseguida es tildada de agresiva o molesta. Las feministas no somos todas iguales, porque dentro del feminismo hay diversas posiciones en relación a cómo se puede lograr la igualdad, y en relación a temas puntuales como el aborto, la participación política, la ecología, la crianza y la maternidad, entre muchos otros. Finalmente, y quizás lo más importante de todo, es que el feminismo no busca la superioridad de las mujeres, o reproducir una cultura similar a la patriarcal que tenga a la mujer como su centro. El feminismo es, fundamentalmente, un movimiento por la igualdad jurídica y social de hombres y mujeres en la sociedad, donde todos y todas tengamos los mismos derechos y los mismos deberes.

Inconscientemente nos conectamos con ese punto de vista generalizado de la singularidad que son los estereotipos y actuamos y reaccionamos en base a ellos en nuestra cotidianidad. Los estereotipos son un vehículo para la difusión de prejuicios en relación a personas o grupos de personas (LGBTI, mujeres, personas mayores, indígenas, asiáticos, negros, etc.), pero además implican riesgos para la integridad física. En los Estados Unidos, por ejemplo, la publicación Violence Against Women señaló hace algunos años que los estereotipos de las mujeres afroamericanas guardaban relación con casos de violencia en el contexto de relaciones íntimas entre personas de raza negra. La llamada “Jezebel” es un estereotipo común en la descripción y caracterización de mujeres negras: mujeres supuestamente promiscuas, sexualmente agresivas y que se excitan fácilmente. Los hombres que asumen que sus parejas o las mujeres en sus entornos actúan conforme a este estereotipo recurren a la violencia para encauzar la situación. ¿Cuántas mujeres habrán sido víctima de violencia en Venezuela por haber sido percibidas por sus parejas como “cuaimas”, estereotipo por demás degradante?

Ya no firmo con el apellido de mi esposo. Dejé de hacerlo cuando me di cuenta que estaba dejando atrás mi identidad individual y cuando entendí que, aunque me llamaran solterona o resentida, se trataba de etiquetas vacías que no tenían nada que ver con mi realidad, ni con la realidad de quienes defienden la igualdad. Caer en la trampa de los estereotipos es fácil. Reconocerlos, no tanto. Necesitamos un ejercicio de conciencia. Mirar al mundo desde una perspectiva distinta, más abierta y amable. Y requiere que miremos lo que nos es distinto dejando los temores de lado, reconociendo nuestra humanidad común más allá de los prejuicios.

Publicado originalmente en la Edición 04 de Milk Magazine
Caracas, Venezuela
La insidiosa familiaridad de los estereotipos
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