Hace algunos días, Yekuana Martinez, Viceministra de la Mujer, informó a través de su cuenta en Twitter que el INAMUJER dictó talleres para la elaboración de toallas sanitarias de tela. Las reacciones, en privado y en público, no se hicieron esperar. Sin embargo, no es la primera vez que el tema causa revuelo, porque no es la primera vez que desde el oficialismo nos hablan de ello. Y aunque las redes sociales lo reseñen y en grupos privados se comente, la realidad es que poco se habla de algo esencialmente femenino como la menstruación y las opciones disponibles para su manejo. Debo advertir de entrada que, por razones diversas, no es este un tema menor. En primer lugar, digamos que menstruar es un verbo que incomoda. Incomoda hablar de ello, e incomoda vivirlo. Con lo cual no pocas activistas de derechos de las mujeres se han trazado como meta que esta función vital deje de ser vista como algo de lo que no se habla. Algo inherente a la condición de mujer que no puede ser obviado, mucho menos estigmatizado. Y con ello han dado pie a lo que algunos han catalogado como “activismo menstrual,” definido como acciones encaminadas a hablar abiertamente sobre el período, a rechazar las actitudes negativas en torno a éste, y a hacer campaña a favor de productos de higiene para la mujer amigables con el medio ambiente. No olvidemos que, aún hoy en día, existen numerosos mitos en torno a la mujer que tiene el período: según una clasificación hecha por The Hufftington Post, se dice que en Japón las mujeres no pueden ser chef de sushi porque la menstruación causa “desequilibrios” en el sabor pescado, y en Irán casi la mitad de las adolescentes cree que la menstruación es una enfermedad. En Venezuela todavía, aunque sea ocasionalmente, se puede escuchar quien aconseje no cargar un bebé con la regla por correr el riesgo de tornarlo “pujón.”

 

Higiene menstrual y desarrollo

En segundo lugar, son diversas las posiciones en torno a los productos disponibles en el mercado para el manejo apropiado de la menstruación. Y en este punto el debate se traslada a dos realidades complejas marcadas por el nivel de desarrollo. Por un lado, en los países de ingresos medios y altos, donde damos por sentada la existencia de toallas sanitarias y otros artículos que facilitan y nos ayudan a seguir nuestras vidas con la mayor normalidad posible durante “esos días del mes,” existen consideraciones de orden principalmente ecológico y de salud que llevan a reevaluar y buscar alternativas a los productos disponibles. Siendo que las toallas sanitarias están hechas principalmente de plástico, existen preocupaciones reales sobre su potencial impacto ecológico. Igualmente, es ampliamente conocido el riesgo de desarrollar el síndrome de shock tóxico asociado al uso de tampones y toallas sanitarias.

Por otro lado, en los países de bajos ingresos o que tienen un sector importante de la población en situación de pobreza, la menstruación afecta directamente la integración social y el desarrollo emocional y educativo de niñas y mujeres, dada una combinación perversa entre prácticas culturales y estigmas dañinos, los altos costos de artículos de aseo personal y la pésima o inexistente infraestructura. Por ejemplo, según un reportaje publicado por el diario británico The Guardian, se estima que en Kenia las niñas pierden 5 días de clases cada mes debido a sus períodos, y en algunos casos abandonan completamente la escuela por no tener acceso a toallas sanitarias. En países como Burkina Faso y Níger, alrededor del 80% de las niñas carecen de un lugar para cambiarse durante la menstruación en las escuelas. Mientras que en numerosos países del mundo las toallas sanitarias desechables son un producto costoso, haciéndolas inaccesibles a la mayoría de las mujeres. Ello ha convertido el manejo de la higiene menstrual en un tema de la agenda de desarrollo para las agencias de Naciones Unidas, y el 28 de mayo ha sido declarado como el día mundial de la higiene menstrual con el fin de crear conciencia sobre la necesidad de hablar de esta temática y la importancia de su manejo adecuado como factor fundamental de integración plena de niñas y mujeres en la sociedad.

 

Una cola por otra

Pero volvamos al tweet de la Viceministra Martínez, porque vale la pena valorar, así sea brevemente, lo que en él nos trata de decir. Las toallas sanitarias de tela tienen sus méritos. Son reusables, con lo cual se producen ahorros en la economía personal y familiar, y tienen un impacto mínimo en el medio ambiente. Así pues, debemos entenderlas como una alternativa viable para quienes deseen adoptarlas. Lo que no son estas toallas sanitarias es nuevas, y mucho menos revolucionarias. De hecho, recientemente se ha observado una proliferación de fabricantes de este tipo de productos en países como Argentina y Estados Unidos. Pero tampoco están exentas de ocasionar otros problemas: el uso de toallas lavadas con poco o ningún jabón, o con agua sucia, conlleva el riesgo de producir infecciones a nivel ginecológico – algo que considerar en el contexto de escasez que caracteriza la situación venezolana. Personalmente, las toallas sanitarias de tela las veo desde la perspectiva de la opresión (que tanto combate el régimen). Más quien oprime aquí no es el imperio, sino el lavado de toallas sanitarias, que probablemente algunas pudiéramos hacer en lavadora, pero que muchas mujeres tendrán que hacer a mano. Ya no perderé el tiempo haciendo la cola para las toallas sanitarias. Lo invertiré lavando y tratando de comprar más jabón. Que esperanza.

¿Cómo prescindir, entonces, de un artículo que hoy en día consideramos de primera necesidad, como lo ratifican las largas colas que hacemos las mujeres en Venezuela para comprarlas? ¿Por qué ofrecernos una alternativa que, en vez de mejorar lo que tenemos, haciéndola amigable con el ecosistema, con materiales nuevos y haciendo uso de los avances de la ciencia y la tecnología, nos retrocede por lo menos un siglo? La respuesta se encuentra oculta tras la coletilla con la cual la Viceministra Martinez cierra su tweet: “en batalla contra la guerra económica.” Porque para el régimen, detrás de las toallas sanitarias que hoy conocemos no hay mujeres con su vida simplificada. No. Lo que hay son industrias parte del malévolo engranaje económico capitalista. Aprender a confeccionar nuestra propias toallas es asumido, entonces, como un acto de liberación anti-capitalista. Y aquí yace, para mí, una de las claves más importantes de la escasez, no sólo de toallas sanitarias sino de todo tipo de productos: consideraciones de orden político-ideológico son las que privan a la hora de trabajar con el sector productivo y en la asignación de divisas para la compra de insumos y productos como vacunas, medicinas y artículos de aseo personal, entre muchos otros. No se trata de mejorar nuestra calidad de vida. Se trata de rechazar cualquier signo, cualquier elemento que nos una a ese despreciable entramado que es el capitalismo. Son entonces sospechosos las vacunas y los medicamentos porque las farmacéuticas quieren llenarse de dinero, haciéndonos dependientes de sus inventos y creando nuevas patologías, sin pensar en su contribución con la erradicación y control de enfermedades como la poliomielitis y la tuberculosis. Son sospechosos los artículos de aseo personal, incluidas toallas sanitarias y pañales, porque para qué seguir engordando a las multinacionales de productos de consumo masivo, sin pensar en el impacto positivo de estos artículos en la vida diaria de las mujeres. Entretanto, las alternativas del régimen nos llevan al pasado. Porque en el área del conocimiento y la tecnología, citando a Roland Denis, es poco o nada lo que el chavismo nos ha dejado: “… nada que suponga inteligencia, productividad, ciencia, organización colectiva…Es un legado vacío y meramente simbólico…”

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