Hace algunas semanas nos encontramos con un artículo publicado en El Universal llamado “Feminismo Amplified” escrito a propósito del Día Internacional de la Mujer. Un verdadero regalo que podremos usar de modelo en aulas de clase y charlas para demostrar en un sólo texto los prejuicios y argumentos más comunes, así como los clichés más frecuentes, que tratan de desacreditar al feminismo.

Para el autor las condiciones históricas que dieron origen a ese día han evolucionado, al punto que “el feminismo descontrolado (que no representa a todas las mujeres) se ha apropiado de la gala y la ha transformado en una lucha por la supremacía del género.” Desde esta sentencia vaga y engañosa, carente de ejemplos que la sustenten, hace ver como si existiera una fuerza fundamentalista capaz de atrocidades como las que él mismo cita, donde mujeres deciden abortar niños varones porque “no puedo traer un monstruo al mundo” (las comillas no son mías, son del autor quien al parecer cita a alguien pero se reserva la fuente). Este argumento de “supremacía,” que apela a los instintos básicos de temor ante una posible amenaza de cambio al status quo, es un clásico de quienes malinterpretan al feminismo como forma opuesta al machismo, equiparándolo más bien con el hembrismo.

Agrega que el feminismo “llegó a su propia exageración; desvirtuando lo que alguna vez significó y pariendo ideas que distan mucho de sus luchas iniciales.” Es decir, el feminismo no es lo que fue alguna vez. Nuevamente quedamos en la oscuridad al omitir ejemplos concretos que demuestren cómo ocurrió lo que describe. ¿Estará refiriéndose a la “idea parida” por Beyoncé de colocar la palabra “feminista” en letras enormes e iluminadas en un escenario mientras cantaba? ¿Cuáles otras ideas exageradas hemos parido? ¿Tomar anticonceptivos y decidir cuándo y cuántos hijxs tener o no tener ningunx? ¿Ganar y administrar nuestro propio sueldo? ¿Estudiar? ¿Aspirar a ser CEO de alguna compañía exitosa? ¿Pedir a los hombres que colaboren en las tareas del hogar?

A medida que leemos, nos percatamos de que el escrito no es más que un campo minado de desconocimiento y prejuicios. Pero ya sabemos que la ignorancia es atrevida. Reducir a unas cuantas generalidades y frases pretenciosamente adornadas con ribetes de pseudo-intelectualidad lo que es el feminismo es, por decir lo menos, un error. Queda muy mal el autor al despachar de manera simplista un movimiento social, político, cultural y académico que por décadas ha tenido un solo objetivo claro y sin disputas: la igualdad entre mujeres y hombres. No supremacía. Sino igualdad jurídica, económica, social y cultural de ambos sexos. Ejemplos de las desigualdades aún persistentes abundan. ¿Se habrá detenido a analizar el autor por qué sí hay cada vez más mujeres educadas sólo un puñado de ellas llega a los más altos cargos del mundo corporativo o a las presidencias y los parlamentos?

Agrega que el feminismo actual es antidemocrático, ofreciendo como única evidencia de ello el hecho de que “sigue sin encontrar en (su) almanaque un día que se celebre a (…) los hombres.” Otro argumento clásico que, no obstante, debe ser aclarado. Y es que ciertamente el problema está en su almanaque, porque en el calendario mundial de celebraciones el día del hombre es observado todos los 19 de noviembre desde el año 1999.

Pero el texto alcanza el paroxismo cuando recurre al más trillado de los argumentos en el repertorio del anti-feminismo: reclamar una ley especial “que proteja en lo doméstico al hombre.” Aquí voy a obviar el hecho evidente de que el autor desconoce que hoy en día la noción de “violencia doméstica” para referirse a la violencia que sufren las mujeres en el hogar ha sido superada, reconociéndose el ámbito doméstico como sólo uno de los muchos lugares donde las agresiones de todo tipo en contra de mujeres, niñas y adolescentes suceden. Me voy a centrar más bien en las estadísticas que indican que un enorme número de mujeres – según la OMS, 1 de cada 3- en todo el mundo y de todas las clases sociales, razas y edades, ha sido víctima de violencia machista alguna vez en su vida, al punto de ser considerado un asunto de derechos humanos y de salud pública. Pero me permitiré traer el debate a un terreno más práctico y pregunto ¿son los hombres sistemáticamente humillados, insultados, agredidos física, sexual y psicológicamente por sus esposas o por otras mujeres dentro de su entorno? ¿Son acosados en la calle por como lucen o visten, o se les somete a depender económicamente, u obligados a la fuerza a tener sexo con mujeres en contra de su voluntad? ¿Cuántos hombres conocerá el autor que hayan sido violados por una banda de mujeres? ¿Cuántas mujeres se le habrán acercado en la calle para decirle con la cara más morbosa y atemorizante posible “papi, te quiero comer” o que le quieren tocar sus partes íntimas? ¿Cuántos hombres conocerá el autor a quienes les hayan lanzado ácido en la cara por haber terminado una relación con una mujer o que hayan perdido la vida a manos de su esposa o de alguna otra mujer significativa de sus vidas como madres, hermanas, novias o primas? Si las estadísticas no son lo suficientemente convincentes, le invito a indagar entre sus amigos y otros hombres cercanos para ver cuántos de ellos han sufrido algo parecido a lo que aquí describo a manos de alguna mujer.

Juzgar al feminismo y reducirlo a un movimiento que hoy “reclama cosas como el posicionamiento de ‘emojis’ en la mensajería de textos” es un simplismo irreflexivo y hasta imprudente. El feminismo es mucho más que eso. Y desconocerlo es desconocer las desigualdades que aún persisten en ámbitos que van desde lo económico hasta lo cultural. Pero también es desconocer logros fundamentales. Porque detrás de cada mujer que vota, que trabaja, que estudia, que hace carrera corporativa, que hace política, que decide cuántos hijos/as tener, y cuándo y con quién casarse, hay una feminista que estudió, marchó, protestó y trabajó por ella.

Como ha dicho la autora australiana Dale Spencer, el feminismo no ha peleado en guerras. No ha matado oponentes. No ha creado campos de concentración, no ha sometido a enemigos al hambre, no ha cometido atrocidades. Sus batallas han sido por educación, por poder votar, por mejores condiciones laborales, por seguridad en las calles, por el cuidado de los niños, por el bienestar social, por centros para asistir a las víctimas de abusos, por refugio para mujeres, por reformas en las leyes. Y aunque pueda sonar radical, particularmente a aquellos que en su interior cobijan sueños autoritarios, el feminismo aboga por darnos la oportunidad a las mujeres de ser quienes queremos ser sin más limitaciones que nuestras propias capacidades. De manera que si hay algo que necesitamos es más feminismo – feminismo amplified.

Publicado en Efecto Cocuyo

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