Hace algunos días las expectativas sobre la presión internacional en torno al régimen de Nicolás Maduro se elevaron cuando se conoció que el Consejo de Seguridad de la ONU tocaría el tema de la grave situación de Venezuela.

La reacción de muchos sectores a favor de que ello ocurriera fue inmediata, en gran medida porque el gesto fue interpretado como una señal de la gran preocupación que a nivel global existe sobre el deterioro de la situación humanitaria y la democracia en nuestro país. Ello es sin duda alguna así. Pero si bien actualmente está claro que los ánimos y la percepción internacional frente al régimen chavista son sustancialmente distintos comparado con años anteriores, no se puede pasar por alto el hecho de que todavía hay algunos países (quizás menos que antes, pero no pocos) que siguen manteniendo o bien su apoyo o una actitud cautelosa ante los sucesos en Venezuela, como ha quedado demostrado en la posición de algunos países caribeños en las últimas reuniones en el marco de la OEA.

Durante la reunión, efectuada a propuesta de la Embajadora de los Estados Unidos, Nikky Haley, los miembros del Consejo recibieron un briefing de parte del Departamento de Asuntos Políticos que, según se pudo conocer, fue pobre y más bien de naturaleza general. Ello es una tendencia preocupante que denota la poca rigurosidad de parte de la Secretaría de la ONU y sus agencias en dar seguimiento a la situación venezolana en el terreno, como ocurrió en julio del año pasado cuando una sesión informativa sobre Venezuela en Ginebra tuvo que ser cancelada por cuanto distintas agencias carecían de “suficiente información.”

Más allá de una ocasión para reiterar posiciones ya conocidas, la reunión no produjo ningún resultado concreto. Quizás más bien fue una oportunidad perdida por cuanto lo deseable hubiera sido una declaración de sus miembros en respaldo de la labor de la OEA y su valiente Secretario General Luis Almagro, lo cual coincide con las preferencias de Antonio Guterres, nuevo Secretario General de la ONU y con lo dispuesto por la misma Carta de las Naciones Unidas.

La posibilidad de que el tema vuelva a ser tocado luce remota, entre otras cosas porque para que el tema sea incluido en la agenda se requeriría el consenso de los 15 miembros o, en su defecto, una votación con 9 países a favor. Para llegar a ese punto, se requiere de un arduo trabajo previo de consultas y consensos entre diversos actores, lo cual entendemos no ocurrió. Pero además, en la medida que una propuesta como esta surja de la delegación de Estados Unidos, con las resistencias que su representante y su gobierno actual generan, la misma será recibida no con pocas dudas.

Sin embargo, lejos de lamentarnos, quienes queremos que Venezuela retorne a la democracia debemos sentir cierto alivio, al menos por ahora, ya que en manos de la ONU el proceso se pudiera complicar y enredar aún más nuestra existencia. Lo que está haciendo la OEA, aunque lento, es el camino correcto.

Más allá del hecho obvio de que China y Rusia, aliados indiscutibles de Nicolás Maduro, pudieran hacer uso de su poder de veto dentro del Consejo de Seguridad en caso de que, eventualmente, el tema de Venezuela llegara a ser examinado, está la posibilidad, aunque lejana, de que el tema pudiera ser visto en la Asamblea General con sus más de 190 países en aplicación del Capítulo VI de la Carta. No podemos perder de vista que al régimen venezolano todavía le quedan algunos trucos debajo de la manga, y a punta de mentiras y de quemar algunos dólares, sería capaz de manipular voluntades de países que no tienen mucha idea de lo que realmente está pasando en Venezuela – bien sea porque no tienen representación en Caracas o gracias a cancillerías y/o diplomáticos poco informados o despistados sobre la situación en el terreno como para dudar más allá de cualquier lealtad ideológica. Ello sería el caso de algunos países africanos y asiáticos, de importancia numérica en cualquier votación, a los cuales se sumarían aquellos países del Caribe angloparlante que aún apoyan al gobierno venezolano o que optan por abstenerse.

Cualquier proceso en Naciones Unidas requiere presencia física y contactos directos ya que muchas decisiones son tomadas in situ, sin pasar por las Cancillerías. Y esa es otra ventaja para el régimen. En los pasillos de Naciones Unidas, los delegados siguen siendo abordados por la delegación venezolana, la cual sigue el guión harto conocido según el cual los manifestantes pacíficos son una “minoría violenta” y el gobierno venezolano estaría siendo objeto de una campaña internacional de desprestigio por los medios de comunicación, como se pudo ver en un documento de la Misión Permanente de Venezuela que circuló el día de la reunión.

El manejo de la crisis venezolana en el plano regional es más efectivo y se efectúa conforme a la normativa internacional prevista tanto en la Carta de la ONU como en la Carta de la OEA. Con la reunión de Cancilleres prevista para hoy 31 de mayo se colocará un nuevo peldaño en el camino hacia una solución negociada a la crisis, que se traducirá posiblemente en un grupo de contacto sobre Venezuela que buscará mediar en un conflicto que todavía luce difícil de ser resuelto.

 

 

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